Por Bruno Cortés

 

En medio de la discusión nacional sobre cómo deben organizarse las elecciones en México, la diputada Alma Rosa de la Vega Vargas decidió voltear a ver a un sector que pocas veces protagoniza estos procesos: las juventudes. Desde la Cámara de Diputados, impulsó el “Debate juvenil: reforma electoral 2026”, un ejercicio que, más allá del discurso político, busca meter a los jóvenes en una conversación que normalmente ocurre entre partidos y legisladores.

La legisladora, identificada con la agenda de la llamada Cuarta Transformación, dejó claro desde el inicio que su postura es respaldar las reformas electorales en curso, incluido el llamado “Plan B”, que ha generado polémica por los cambios que propone al sistema electoral. Para ella, estos ajustes no son menores: representan, dice, una oportunidad para construir un sistema más equitativo, transparente y cercano a la ciudadanía.

Pero más allá de defender la reforma, el mensaje central fue otro: la política no puede seguir haciéndose solo desde el Congreso. En palabras simples, lo que se está discutiendo en leyes y reformas necesita del respaldo —y también del cuestionamiento— de la gente, especialmente de quienes van a vivir sus efectos durante más tiempo: los jóvenes.

En ese sentido, figuras como Claudia Rivera Vivanco y Luis Morales Flores reforzaron la idea de que abrir estos espacios no es un gesto simbólico, sino parte de una estrategia política más amplia: legitimar las reformas con participación ciudadana. Morales, por ejemplo, insistió en que el “Plan B” también busca eliminar privilegios dentro del sistema político, un argumento recurrente dentro de la mayoría legislativa.

Del otro lado del micrófono, los jóvenes participantes no se limitaron a escuchar. Intervinieron, cuestionaron y, sobre todo, pusieron sobre la mesa algo clave: que hablar de reforma electoral no es solo hablar de reglas, sino de representación, de quién tiene voz y de cómo se construye la democracia en la práctica. En otras palabras, no es un tema técnico, es un tema que impacta directamente en la vida pública del país.

Este tipo de ejercicios también revelan una preocupación de fondo: la distancia entre la ciudadanía y las decisiones políticas. Abrir debates como este intenta cerrar esa brecha, permitiendo que más personas entiendan qué está en juego cuando se habla de reformas electorales y por qué deberían involucrarse.

Al final, el mensaje que quedó sobre la mesa es claro: las reformas no solo se votan, también se construyen con participación. Y en un momento donde se discute el rumbo del sistema electoral, incluir a las juventudes no es solo una buena idea, sino una necesidad política.

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