Por Juan Pablo Ojeda

 

La mina Santa Fe, en el municipio de El Rosario, se ha transformado en el epicentro de una movilización nacional que suma ya 160 horas de angustia y esfuerzo ininterrumpido. Al interior, tres mineros permanecen atrapados mientras en la superficie, una coalición de fuerzas militares, civiles y privadas lucha contra la inundación y el lodo acumulado en las galerías subterráneas tras una semana del colapso.

El operativo ha logrado avanzar 3.2 kilómetros a través de las rampas, pero el optimismo inicial se ha topado con la realidad técnica de la «Zona 0». En este sector, los rescatistas enfrentan una mezcla peligrosa de agua y jales —los desechos del mineral— que amenaza con desplazarse ante cualquier movimiento en falso. Esta situación ha obligado a las autoridades a pausar y recalibrar sus tácticas de exploración.

Para romper el bloqueo, la maquinaria pesada trabaja en la superficie realizando barrenos que alcanzan los 230 metros de profundidad. Estos conductos son vitales no solo para la exploración visual, sino para el bombeo de agua que no ha cesado desde que se activó la emergencia. El objetivo es crear un entorno seguro que permita a las brigadas de la Marina y la Defensa Nacional ingresar a los niveles más bajos.

En los hospitales locales, el seguimiento de José Alejandro Cástulo Colín, el único rescatado hasta ahora, ofrece un respiro a los equipos de emergencia. Su evolución es seguida de cerca por la Coordinación Nacional de Protección Civil, mientras las familias de los otros tres trabajadores aguardan noticias cerca de la bocamina, bajo la vigilancia constante de la Guardia Nacional y el gobierno de Sinaloa.

«La seguridad de los rescatistas es nuestra prioridad», han reiterado los mandos a cargo, justificando por qué las maniobras en la Zona 0 son más lentas de lo esperado. El riesgo de una saturación de jales es real, y un desplazamiento masivo de estos sedimentos podría sellar permanentemente las galerías donde se cree que se encuentran los mineros restantes.

La colaboración de empresas mineras privadas ha sido clave, aportando especialistas que conocen de cerca las venas de la mina Santa Fe. Junto a la CFE y los cuerpos de rescate locales, forman un mosaico de esfuerzos que busca dar respuesta a la pregunta que consume a El Rosario: ¿dónde están los tres compañeros? El uso de tecnología de punta se alterna con el trabajo manual de apuntalamiento de techos.

El operativo no tiene fecha de caducidad. Las autoridades federales han confirmado que se mantendrán en el sitio con todos los recursos técnicos hasta lograr el objetivo. En la rampa de la mina Santa Fe, la estabilidad del terreno dicta el tiempo, mientras el país observa de cerca el desarrollo de una de las operaciones de rescate más complejas de los últimos años en el norte de México.

 

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