Por Juan Pablo Ojeda

 

Faltan apenas 100 días para que ruede el balón y el Mundial 2026 ya juega un partido incómodo fuera de la cancha. Lo que debía ser una fiesta compartida entre Estados Unidos, México y Canadá hoy se mueve en un terreno lleno de tensión política, restricciones migratorias y dudas de seguridad que amenazan con robarle reflectores al futbol.

El primer foco rojo es Irán. La selección asiática ya está clasificada y tiene programados sus tres partidos de fase de grupos en territorio estadounidense. Pero los recientes bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre suelo iraní, y la posterior respuesta de Teherán, han encendido la incertidumbre. El conflicto incluso provocó la suspensión temporal de la Finalissima que iban a disputar España y Argentina en Doha. El ruido geopolítico ya impacta la agenda futbolera.

En lo deportivo, Irán vive su cuarto Mundial consecutivo. En lo político, enfrenta un escenario complejo. Si bien Estados Unidos aseguró que jugadores y cuerpo técnico no tendrán problemas de visado, los aficionados iraníes sí tienen prácticamente cerrada la puerta. Eso significa estadios con menos apoyo para un equipo que, como cualquier otro, necesita el impulso de su gente.

El problema no es exclusivo de Irán. Aficionados de países como Costa de Marfil, Haití o Senegal también enfrentan restricciones de ingreso a Estados Unidos. Incluso naciones sudamericanas como Brasil, Colombia y Uruguay han estado bajo medidas de congelación o revisión de visados. Para intentar desatorar el embudo, el gobierno estadounidense lanzó el sistema “FIFA PASS”, una vía rápida de citas migratorias para quienes ya tienen boleto. Aun así, el mensaje es claro: viajar no será tan sencillo como en otros Mundiales.

El contraste con el Mundial de 1994 es inevitable. Aquella edición en Estados Unidos marcó un antes y un después: estadios llenos, récords de asistencia, modernidad en la organización y una final inolvidable que Brasil ganó tras el penal fallado por Roberto Baggio. Hoy, el contexto es distinto. El país vive una fuerte división interna por su política migratoria y por operativos del ICE que han generado protestas y críticas incluso dentro del propio Congreso estadounidense.

Además, la sede compartida tampoco atraviesa su momento más estable. En México, la reciente ola de violencia tras la muerte de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, el Mencho, líder del CJNG, ha puesto la lupa sobre la seguridad en ciudades mundialistas como Guadalajara. Las autoridades locales aseguran que existen protocolos sólidos y coordinación entre fuerzas de los tres niveles de gobierno. Desde la FIFA, su presidente Gianni Infantino ha reiterado su confianza en México como anfitrión.

Estados Unidos albergará 78 de los 104 partidos, incluida la final en el MetLife Stadium de Nueva York/Nueva Jersey. Es el corazón logístico del torneo. Pero el lema original “United 2026” hoy suena más aspiracional que real. Tensiones diplomáticas, debates migratorios y conflictos internacionales rodean al torneo que debería unir al planeta frente a una pelota.

El futbol suele ser refugio y celebración. Sin embargo, a 100 días del arranque, el Mundial 2026 demuestra que el deporte no vive aislado del contexto global. El reto no solo será organizar 104 partidos impecables, sino garantizar que la política no termine marcando el ritmo del campeonato más importante del planeta.

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