Colorful houses in Greenland in spring time

Por Juan Pablo Ojeda

 

El renovado interés de Donald Trump por Groenlandia no es una excentricidad ni una provocación diplomática gratuita: tiene raíces profundas en la geopolítica de los recursos naturales y en la competencia global por los minerales que sostienen la economía del siglo XXI. Bajo el hielo de esta enorme isla de 2.1 millones de kilómetros cuadrados se esconde una de las despensas minerales más codiciadas del planeta, con petróleo, uranio, cobre, zinc, oro y, sobre todo, tierras raras, un grupo de 17 elementos clave para la industria tecnológica, el sector automotriz y las aplicaciones militares.

Para Washington, Groenlandia es un territorio estratégico. Las autoridades estadounidenses la ubican como el octavo lugar mundial en reservas de tierras raras, y el Servicio Geológico de Estados Unidos estima que el subsuelo alberga alrededor de 1.5 millones de toneladas de estos minerales. Dos yacimientos en el sur de la isla están entre los más grandes del mundo, aunque hasta ahora ninguno ha sido explotado comercialmente, en parte por las dificultades técnicas, los costos financieros y la sensibilidad política y ambiental.

El interés no es exclusivo de Estados Unidos. La Unión Europea ha identificado en Groenlandia 25 de las 34 materias primas esenciales para su transición energética y, en 2023, firmó un acuerdo con el gobierno groenlandés para desarrollar proyectos de exploración y aprovechamiento de recursos. En un contexto de dependencia europea de proveedores externos, la isla ártica aparece como una alternativa estratégica de largo plazo.

Estados Unidos ya había dado pasos formales durante el primer mandato de Trump. En 2019, Washington firmó un memorándum de entendimiento con Groenlandia para explorar de manera conjunta el territorio, intercambiar información científica y técnica y evaluar la explotación de tierras raras y otros minerales. Ese acuerdo está hoy cerca de expirar, pese a los intentos de renovación durante la presidencia de Joe Biden, lo que ha vuelto a colocar el tema en la agenda política estadounidense.

Un punto clave es el yacimiento de Kringlerne, cerca de la ciudad de Qaqortoq, en el sur de la isla. El proyecto fue impulsado durante años por el geólogo australiano Greg Barnes, quien incluso fue invitado a la Casa Blanca antes de que Trump hablara públicamente de “comprar” Groenlandia. La empresa australiana Tanbreez, que controlaba el depósito, vendió en 2024 la mayoría de la participación a la compañía estadounidense Critical Metals, en una operación valuada en decenas de millones de dólares.

En junio de 2025, el Export-Import Bank of the United States envió una carta de interés a Critical Metals ofreciendo un préstamo de 120 millones de dólares para iniciar la explotación de Kringlerne. De concretarse, sería la primera inversión minera relevante en el extranjero respaldada por la nueva administración de Trump, según el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales.

Sin embargo, la historia reciente muestra que estos proyectos están lejos de ser sencillos. El caso del depósito de Kuannersuit, también cercano a Qaqortoq, terminó en una disputa internacional luego de que el gobierno groenlandés frenara el proyecto, lo que llevó a la empresa Energy Transition Minerals a reclamar indemnizaciones multimillonarias. El episodio refleja las tensiones entre desarrollo económico, soberanía política y protección ambiental.

En el fondo, Groenlandia se ha convertido en una pieza clave del tablero global. Para Trump y para Estados Unidos, controlar o influir en el acceso a estos minerales no es solo un negocio: es una apuesta estratégica en la carrera tecnológica y de seguridad frente a otras potencias. Y aunque la idea de “comprar” la isla suene extravagante, el verdadero interés está enterrado bajo el hielo.

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